jueves, 14 de febrero de 2013

La alianza de la clase obrera y los campesinos bajo el régimen capitalista.


La lucha por los intereses de los campesinos.

Obreros y campesinos son hermanos por su origen y por la situación que ocupan en la sociedad capitalista. La clase obrera se formó históricamente por la ruina de los campesinos que eran despojados de sus tierras. El campo, explotado por el capital, sigue nutriendo sin cesar las filas de la clase obrera. Obreros temporeros acuden del campo a la ciudad. El campesino y el obrero tienen de común que ambos son trabajadores y se ganan el pan con el sudor de su frente. Ambos se enfrentan al mismo enemigo de clase. En realidad, como indicaban Marx y Engels, la explotación de que son objeto los campesinos se diferencia de la explotación de los obreros sólo por la forma, mientras que el explotador de unos y otros es el mismo: el capital. A pesar de la semejanza y afinidad de los obreros y campesinos, la alianza entre ellos no se establece de por sí. La burguesía dominante ha conseguido mantener separados durante largo tiempo a los obreros y los campesinos. En muchos países lo logra todavía.

De todos los partidos políticos que la historia conoce, el único que ha trabajado consecuentemente por robustecer la alianza de obreros y campesinos es el Comunista. La necesidad de esta alianza la señalaron por primera vez Marx y Engels, sacando enseñanzas de la derrota del proletariado en las revoluciones de 1848, y también del trágico fin de la Comuna de París en 1871. Las manifestaciones de Marx y Engels sobre el problema campesino, dadas al olvido por los oportunistas de la II Internacional, sirvieron a Lenin de punto de partida al elaborar el programa del Partido bolchevique. La alianza de la clase obrera y los campesinos se convirtió en una de las ideas fundamentales del leninismo. Esta idea marca una diferencia entre los Partidos Comunistas y los socialdemócratas, los cuales no creen en los campesinos e imbuyen su desconfianza a los obreros. Esta misma idea marca también una diferencia entre los Partidos Comunistas y los partidos campesinos, cuyos líderes enfrentan de ordinario los campesinos a los obreros, de lo que sólo salen gananciosos la gran burguesía y los grandes terratenientes. Necesidad de la alianza de los obreros y los campesinos. Los comunistas no se ven impulsados simplemente por sus buenos deseos cuando defienden la alianza de la clase obrera y de los campesinos. Se basan en las leyes objetivas del desarrollo social y saben que los intereses del capital acaban inevitablemente por chocar con los intereses de la inmensa mayoría de los campesinos. 


La acción de la ley general de la acumulación capitalista en la agricultura conduce a la desintegración y diferenciación de los campesinos. Desaparecen las capas medias y se incrementan los grupos extremos: los ricos de la aldea y los campesinos pobres. Los campesinos acomodados o granjeros, cuya economía se basa en la explotación del trabajo asalariado, se convierten en capitalistas. Hállanse más o menos relacionados con el capital industrial y bancario, aunque últimamente suelen sentir a menudo el peso de los capitostes de los monopolios. La inmensa mayoría de los campesinos cae bajo la dependencia económica del capital: parte de ellos marchan a la ciudad, incrementando las filas del proletariado, y quienes se quedan en la aldea se van convirtiendo en semiproletarios. El estudio de las relaciones agrarias en Rusia, Europa Occidental y Estados Unidos permitió a Lenin establecer que buena parte de los pequeños labradores y la mayoría de los más pequeños no son, en esencia, sino obreros provistos de un lote de tierra. Los dueños de pequeñas economías son necesarios al capitalista en calidad de reservas de una mano de obra asalariada que puede adquirir a bajo precio. La proletarización de los campesinos, por tanto, no significa solamente que parte de ellos son lanzados a la ciudad; también se traduce en que masas cada vez mayores arrastran una existencia mísera en sus trozos de tierra, siempre bajo la dependencia del usurero, del banco agrícola y de los monopolios comerciales, viéndose obligadas, para salir adelante, a trabajar parte del año por contrata.

El capitalismo convierte despiadadamente en ilusiones el deseo de la mayoría de los campesinos de verse dueños independientes de su propia tierra. De ahí que, en su lucha por sus propios intereses, no puedan contar con el apoyo de la burguesía dominante. Necesitan buscar un aliado, y éste lo encuentran en la clase obrera. Tal es la lógica de la historia y tal es la tendencia del desarrollo. Pero el proceso histórico, como ocurre a menudo, sigue unos caminos tortuosos y complejos. ¿En qué se basa concretamente la seguridad de los comunistas en la inevitable ruptura de los campesinos con la burguesía y en que la alianza de la clase obrera y los campesinos ha de llegar forzosamente? Cuando la burguesía luchaba por el poder político, contra la dominación de los señores feudales, utilizaba como fuerza de choque a los campesinos, que aspiraban a romper las cadenas de la servidumbre de la gleba. Las guerras e insurrecciones campesinas quebrantaron los soportes del feudalismo y sentaron las premisas para el triunfo de las revoluciones burguesas en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otros países. Pero en la aldea, los frutos de la revolución burguesa los recogieron principalmente los campesinos ricos, los usureros, los traficantes y especuladores, que se enriquecían con la explotación de los campesinos trabajadores. Los ricos de la aldea se convirtieron en baluarte del Estado burgués y en su reserva para la lucha contra el movimiento revolucionario de la clase obrera. Pasaron a ser los portadores de la influencia burguesa en el medio campesino. La diferenciación social acabó prontamente con la relativa unidad de intereses que existía en la comunidad campesina colocada bajo la planta del señor feudal. Mientras que los campesinos ricos se sentían atraídos por la burguesía urbana, los campesinos pobres se inclinan cada vez más hacia la clase obrera. El triunfo de las revoluciones burguesas despejó al gran capital el camino del campo, donde por doquier destruía la pequeña producción y obligaba a masas enormes de campesinos a abandonar sus hogares. El desarrollo del capitalismo significó en Europa una verdadera migración de pueblos. Millones de campesinos arruinados se trasladaban a lejanos países con la esperanza de convertirse en labradores independientes. Pero también allí les alcanzaba el férreo abrazo del capital.

Una vez vio consolidado su poder político, la burguesía de Europa Occidental se convirtió en el peor enemigo del movimiento campesino. Sus gobiernos burgueses apoyaron hasta el fin a la dinastía de los Románov en Rusia, que tenía su principal apoyo en los terratenientes. En todo momento acudían los burgueses en ayuda de las monarquías salvadas del naufragio del feudalismo, cuando los tronos se tambaleaban al empuje del movimiento campesino. La burguesía imperialista de Europa y América del Norte hizo cuanto estaba a su alcance para mantener las formas feudales de explotación en las colonias y semicolonias. Gracias a sus esfuerzos, hoy, a mediados del siglo XX, en Asia, África, Iberoamérica y hasta en algunos lugares de Europa, como España o el Sur de Italia, se conservan casi intangibles formas de la agricultura feudal y de la subordinación económica que son propias de la Edad Media. Por lo tanto, la burguesía no ha resuelto el problema campesino; antes al contrario, ha sido el freno principal para la liberación de los campesinos en todos los países donde había de llevarse a cabo la justa tarea impuesta por la historia de suprimir las caducas formas feudales y semifeudales de propiedad agraria. Esto sienta las premisas para una alianza anticapitalista de la clase obrera y los campesinos. La experiencia de la Gran Revolución Socialista de Octubre y de las revoluciones democrático-populares de Europa y Asia confirma la tesis marxista-leninista de que, en los países donde se plantea la tarea de suprimir las supervivencias del feudalismo, todos los campesinos pueden ir de la mano con la clase obrera, pues ésta es la única clase capaz de llevar hasta el fin la revolución agraria, es decir, de dar la tierra a los campesinos. En las revoluciones democrático-populares de Europa y Asia, la alianza de la clase obrera y los campesinos ha salido brillantemente airosa de la prueba. Aliados a los obreros, los campesinos se han convertido, por primera vez en la historia, en clase gobernante, que construye la nueva sociedad socialista. Mas la alianza de la clase obrera y los campesinos no es necesaria solamente en los países en que perdura una agricultura feudal o semifeudal. Es también una necesidad vital allí donde las relaciones capitalistas están desarrolladas. En estos países el capital monopolista ha desplegado después de la segunda guerra mundial una inusitada ofensiva contra los campesinos, contra los granjeros, con el propósito de arruinar y suprimir las economías de tipo campesino y sustituirlas por grandes empresas capitalistas. El proceso de concentración de la producción y del capital barre en estos países inexorablemente la granja familiar. De ahí que se haya planteado la necesidad práctica de que la masa entera de granjeros o campesinos se una a la clase obrera para rechazar la ofensiva de los monopolios. A su vez, la clase obrera, en el curso de la lucha por sus intereses de clase, se convence inevitablemente de que sin el apoyo de los campesinos, sin la alianza con ellos, no tiene fuerza suficiente para oponerse a la rapaz oligarquía de los grandes capitalistas, que se apoyan en todo el poderío del Estado. Así, pues, el problema campesino, alrededor del cual giraron todos los movimientos populares de pasados siglos, sigue en pie, con toda su agudeza política, en nuestra época de la gran industria. Su contenido objetivo cambia, sin embargo. Antes era antifeudal y ahora se transforma, cada vez más, en antimonopolista y antiimperialista.

La importancia del problema es tanto mayor por cuanto, hasta hoy día, los campesinos representan la parte más nutrida de la población del mundo capitalista. Si bien a lo largo de los últimos 150 años el volumen de la población ocupada en la agricultura ha venido disminuyendo sin cesar, en 1952 era aún del 59 por ciento. Incluso en la Europa capitalista, los campesinos representan cerca de un tercio de su población. Ahora bien, aunque los campesinos son la mayoría de la población en muchos países, sin el apoyo de la clase obrera no pueden sacudirse el yugo de los terratenientes y del capital monopolista. La teoría marxista explica que en la alianza de los obreros y campesinos la fuerza dirigente son los primeros. Así se desprende de la circunstancia de que, por las mismas condiciones de vida, los obreros están incomparablemente mejor organizados que los campesinos; están concentrados en grandes ciudades y poseen ya una larga experiencia de lucha contra las clases explotadoras. Casi en todos los países capitalistas poseen sus combativos Partidos Comunistas, que demuestran no ya su deseo, sino su capacidad para defender los intereses de todos los trabajadores. La preponderancia de la clase obrera en la alianza es necesaria como garantía de éxito, y no significa que vaya a sacar de ella mayores ventajas o privilegios que los campesinos. Los obreros conscientes cargan con el peso principal de la lucha y están dispuestos a hacer los mayores sacrificios, como realmente ocurre. Esencia de las supervivencias feudales. Los fines y tareas de la lucha conjunta de la clase obrera y los campesinos cambian en dependencia de sus condiciones de vida. En los países en que aún se mantienen las relaciones feudales o son fuertes sus supervivencias, pasa a primer plano la lucha contra el feudalismo, contra las formas feudales de explotación de los campesinos por los terratenientes. Esto se refiere, como ya se ha dicho, a las comarcas meridionales de Italia, a toda España y también a muchos países de Oriente y de Iberoamérica. Los restos de las relaciones económicas feudales se manifiestan en formas diversas. Enumeraremos las principales, las más típicas. Es, primeramente, la propiedad de los grandes terratenientes extendida a regiones enormes. La mayoría de los campesinos, a causa de sus escasos recursos, no pueden adquirir tierra y han de arrendarla a los grandes propietarios en condiciones onerosas. En segundo lugar, es la aparcería. Los campesinos entregan al terrateniente una parte importante de la cosecha, que a veces llega a la mitad, y aun pasa de ella.

En tercer lugar, el sistema de pagos en trabajo en la hacienda del gran propietario. Los campesinos han de cultivar las tierras de éste con sus toscos aperos. Esto los coloca de hecho en la situación de siervos de la gleba, que cumplen su prestación personal en beneficio del señor. En cuarto lugar, es la espesa telaraña de deudas que envuelve a la mayoría de los campesinos, que los convierte en morosos y refuerza su dependencia de los terratenientes y usureros. Las consecuencias de todas estas supervivencias del feudalismo son conocidas: extremo atraso técnico de la agricultura, mísera situación de la inmensa mayoría de los campesinos, raquitismo del mercado interior y falta de recursos para la industrialización del país. En los países donde se mantienen las relaciones feudales es imposible suprimir el atraso económico y la miseria del pueblo sin una revolución agraria o sin una radical reforma en el campo. Esta misión histórica únicamente la puede cumplir la alianza de la clase obrera y los campesinos, que es la sola fuerza capaz de acabar por completo con las supervivencias del feudalismo y entregar en propiedad a los campesinos, a título gratuito, la tierra de los grandes propietarios. La alianza de la clase obrera y los campesinos, que dirige su filo contra el yugo de los terratenientes feudales, es condición necesaria para que pueda formarse una amplia coalición democrática de todas las fuerzas progresistas. Los monopolios capitalistas son los expoliadores principales de los obreros y campesinos. En los países capitalistas desarrollados el enemigo principal de todas las clases oprimidas -sin exceptuar a los campesinos- es el capital monopolista. Las grandes asociaciones de capitalistas predominan no sólo sobre la industria, sino también sobre la agricultura. Explotan a los campesinos al igual que a los obreros. A través de su extensa red de instituciones crediticias, bancos agrícolas, compañías de seguros, etc., el capital financiero ha puesto bajo su control a millones de economías campesinas. Los altos precios de los artículos industriales, mientras que para los productos del campo se mantienen a bajo nivel, unidos al incremento de los impuestos y de los arriendos, obligan a los campesinos a pedir préstamos a los bancos con la garantía de la tierra o de otros bienes. Esto aumenta constantemente el volumen de sus deudas y significa un incremento de la dependencia en que se encuentran respecto del capital. Cuando la deuda no es satisfecha, y esto es un fenómeno cada vez más frecuente, la tierra del cultivador pasa a ser propiedad de los bancos y compañías aseguradoras. Así, en Estados Unidos, una sola compañía de este género, la Metropolitan Life Insurance, en 1949 poseía y administraba más de siete mil granjas.

Son muy graves las repercusiones que sobre la situación de los campesinos tiene la política de precios de los monopolios capitalistas. Traducirse ésta en la compra a los granjeros de productos alimenticios y materias primas a bajo precio, mientras encarecen los artículos industriales que les proporcionan. Esta política de cambio no equivalente forma una diferencia de precios ("tijeras") en virtud de la cual los campesinos, por una cantidad igual de producción agrícola, obtienen una cantidad cada vez menor de aperos y maquinaria, abonos y combustible. En Francia, por ejemplo, los precios de los artículos industriales adquiridos por los campesinos eran en 1958 hasta 36 veces superiores a los de 1938, mientras que los precios de su producción habían aumentado 16 veces solamente.

Las "tijeras" son una forma velada de explotación de los campesinos por los monopolios. La forma patente son los elevados impuestos, que sirven para cubrir los gastos de la militarización de la economía y la carrera de armamentos, para sostener el hinchado aparato estatal y para subsidiar a los monopolios. Casi todo el fardo de los impuestos recae sobre los hombros de los obreros y campesinos. Estos últimos, en Francia, por ejemplo, han de satisfacer casi 40 impuestos distintos. En su tiempo, Marx dio una atinada definición del odio del campesino francés a estas cargas. "Cuando el campesino francés quiere imaginarse al diablo -decía- se lo representa en forma de recaudador de impuestos."214 Un gran tributo satisfacen los campesinos a los grandes propietarios agrícolas y a los bancos en forma de arrendamiento. Entre 1950 y 1956 los granjeros norteamericanos han satisfecho por este concepto una media anual de 3.000 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a las ganancias que los monopolios del mismo país obtienen de sus inversiones en el extranjero. El incremento del yugo de los monopolios y la agudizada competencia de las grandes haciendas, que emplean maquinaria para el cultivo de sus campos, traen consigo la ruina en masa de los campesinos. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de granjas (como ya se hacía constar en el capítulo X) disminuyó en 1.315.000 entre 1940 y 1954. En la República Federal Alemana, entre 1949 y 1958 se han arruinado más de 200.000 economías campesinas; en Francia, sin contar las economías inferiores a una Ha, han sido más de 834.000 de 1929 a 1956. En cambio, crece el número de grandes haciendas capitalistas.

El capitalismo monopolista de Estado mantiene una política que acelera la desaparición de economías campesinas pequeñas y medias. A ello contribuyen los denominados programas de "ayuda" a la agricultura, que en realidad significan una ayuda a los grandes capitalistas del campo. Los créditos y subsidios que el Estado concede a los grandes terratenientes para la adquisición de máquinas, abonos y materiales de construcción crean al mismo tiempo, artificialmente, un ventajoso mercado para las corporaciones capitalistas dedicadas a la venta de esos artículos. Una característica que se observa en los países capitalistas desarrollados después de la segunda guerra mundial es la invasión directa de la agricultura por el gran capital. A ello se debe, como una de las causas principales, los grandes cambios producidos en los últimos diez a quince años en la renovación técnica de la agricultura capitalista de los Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, Alemania y otros países. Es cada vez un fenómeno más típico la mecanización completa de las empresas agrícolas, con un gran empleo de abonos químicos, simientes escogidas y cría de ganado de raza. El economista norteamericano V. Perlo escribe refiriéndose a los cambios producidos en la agricultura de su país: "El capital monopolista, siempre en busca de nuevas esferas para sus inversiones, no se satisface ya con la apropiación indirecta («tijeras de precios» e interés de las deudas) de la renta de la tierra y de la plusvalía creada en la agricultura. Comienza a participar directamente en la formación de grandes empresas agrícolas en amplia escala... El gran empleo de maquinaria moderna y una mano de obra pagada a muy bajos precios, integrada principalmente por negros, portorriqueños y mexicanos, permite al capital monopolista obtener una cuota de ganancia suficiente a pesar de las «tijeras» de precios." No en vano los ideólogos del capital monopolista de los Estados Unidos y otros países afirman sin cesar que ha llegado el momento de acabar con las "economías técnicamente débiles" y de que el Estado preste su generoso apoyo a las grandes haciendas. La amenaza de ruina se cierne de nuevo sobre millones de economías campesinas. En 1957 el ministro de Agricultura de los Estados Unidos declaraba que dos millones de granjeros norteamericanos habían de abandonar la tierra. En Francia existe el propósito de acabar con unas 800.000 economías campesinas. Proyectos análogos existen en Alemania Occidental y en algunos otros países capitalistas. El capitalismo monopolista de Estado amenaza la existencia misma de los campesinos como clase.

Todo esto hace que en los principales países capitalistas la lucha de los campesinos adquiera un carácter preferentemente antimonopolista. En las colonias y países dependientes se ha acentuado también mucho el yugo de los monopolios, que se combina con las formas feudales de explotación de los campesinos. El hambre de tierra no es allí consecuencia únicamente de la concentración del suelo en manos de los grandes propietarios: se debe también a que superficies enormes están ocupadas por las plantaciones propiedad de los monopolios extranjeros. Por eso, si antes el problema principal de los campesinos era sacudirse el yugo de los terratenientes feudales, ahora, junto a él, por doquier existe el problema de la lucha contra el yugo de los monopolios.

Gayones del Campo

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